Ernő Rubik construyó el primer cubo en 1974 para explicar geometría tridimensional a sus alumnos. Cuando lo desordenó por primera vez descubrió algo incómodo: no sabía volver atrás. Tardó más de un mes en resolverlo. Merece la pena empezar por ahí, porque es lo primero que se olvida: el cubo no nació como un juguete difícil, sino como un material de clase que se le fue de las manos a su propio autor.
El profesor que se quedó encerrado dentro de su invento
Rubik daba clase de diseño en Budapest y lo que quería resolver era un problema mecánico, no un acertijo: cómo hacer que veintiséis piezas giren unas sobre otras sin que el conjunto se desmonte. Esa parte la resolvió. El acertijo vino después, y sin querer, el día que giró unas cuantas caras para ver qué pasaba y se encontró con un objeto que no sabía deshacer.
Lo que hizo durante aquel mes es exactamente lo que haces tú ahora: buscar secuencias que coloquen una pieza sin estropear las que ya están puestas, probarlas, anotarlas, repetirlas. Sin saberlo estaba escribiendo el primer método de la historia, a mano y a ciegas.
Cuarenta y tres trillones y una sola solución
Y es que no es un rompecabezas cualquiera. Un 3×3 tiene 43.252.003.274.489.856.000 posiciones distintas —cuarenta y tres trillones largos— y solo una está resuelta. Si hubieras empezado a girarlo el día del Big Bang, a una posición nueva por segundo, hoy no habrías visto ni el uno por ciento. Y aun así, desde cualquiera de ellas se vuelve a la casilla buena en veinte movimientos o menos. Siempre. Ese número tardó décadas en demostrarse; girar el cubo con un método es, de largo, la parte fácil.
Ese veinte tiene nombre: lo llaman el número de Dios, y se demostró en 2010 repartiendo el cálculo entre muchísimos ordenadores. Lo bonito del resultado es lo poco práctico que es: demuestra que el camino corto existe, pero no te dice cuál es. Por eso los métodos que usamos las personas resuelven en cincuenta o sesenta movimientos y no en veinte — están hechos para que quepan en una cabeza, no para ser óptimos.
Los ochenta, cuando medio mundo se atascó
En los ochenta el juguete salió de Hungría y se convirtió en un fenómeno mundial: cientos de millones de unidades vendidas y una generación entera peleándose con seis caras de colores. Casi nadie lo conseguía. Pero unos cuantos empezaron a anotar secuencias que funcionaban siempre, y de ahí nacieron los métodos: recetas repetibles que convierten un rompecabezas imposible en algo que se aprende.
En 1982 se celebró el primer campeonato del mundo, en Budapest, y lo ganó Minh Thai con 22,95 segundos. Guarda ese número, porque hoy veintitrés segundos es más o menos lo que tarda un aficionado constante con un método de nivel medio. Lo que en 1982 era el mejor del mundo, hoy es una tarde cualquiera.
De los cuadernos a un idioma común
Para compartir aquellas secuencias hacía falta algo más: una forma de escribirlas que significara lo mismo en Budapest que en California. Así apareció la notación, esas letras que al principio parecen un jeroglífico y que en realidad son solo los nombres de las seis caras. Eso es lo que convirtió un juguete en un lenguaje: a partir de ahí, una fórmula encontrada por alguien en su casa podía viajar y funcionar igual en las manos de cualquiera.
Hoy: una comunidad entera, y tres segundos
Hoy existe una comunidad mundial alrededor de eso. Competiciones oficiales de la WCA en más de cien países, categorías a una mano, a ciegas o con los pies, y un récord de resolución por debajo de los tres segundos. Lo que a Rubik le costó un mes, hoy se hace en un parpadeo.
Y entre aquel mes y esos tres segundos no hay ningún truco: solo cincuenta años de gente anotando lo que funcionaba y pasándoselo a la siguiente. Aprenderlo hoy es engancharse a esa cadena por donde te apetezca.